Capítulo 6 de El embrujo de Sevilla

El recinto formado por el hueco del tablao y el muro del corredor que pasaba por detrás del tinglado y conducía a las dependencias del café, lo llamaban ora la saleta de los artistas, porque allí se reunían estos antes de dar comienzo el primer cuadro, ora el dormidero de las brujas, porque en él se refugiaban las mamás que acompañaban a sus hijas, bailadoras o cantadoras, al café y les servían de dueñas y criadas.

El Pitoche, con la cabeza caída sobre el pecho, se paseaba por el corredor. No había podido hablarle a la Pura la noche del estreno. Mientras bailaba, no lo miró ni una sola vez; parecía no haberse dado cuenta siquiera que él, su antiguo gachó, estaba allí haciéndole palmas y jaleándola, y eso lo mortificaba grandemente.

Su amor propio de hombre favorecido por las hembras y habituado a que, como artista, sus colegas le rindieran parias, sufría de aquella falta de consideración y acatamiento, sobre todo por venir de la que fue más que manceba, una cosa suya, algo así como un utensilio de su uso privado.

La aparición de la Trianera, toda enjoyada y resplandeciente de hermosura, le produjo la impresión de un recio golpe en mitad del pecho.

Quedóse suspenso, alelado, contemplándola sin creer casi lo que sus ojos veían. Luego el arte y el éxito de la bailadora concluyeron de deslumbrarlo y removerle en los pliegues más recónditos del alma los rescoldos del viejo amor, los légamos del antiguo cariño, fangal que de nuevo daba flores, metiéndole en el corazón, además, con el desvío, desazones y reconcomios que el Pitoche no conocía.

Esa noche bailaría la Pura en el primer cuadro y en el 67 último; debía, pues, llegar temprano. El Pitoche la esperaba fumando ávidamente cigarrillo tras cigarrillo, arqueadas las cejas, sombrías, como envueltas en crespones las miradas, desencajado el rostro negroso y cenceño. Un sofá de crin, una vieja mesa redonda de caoba enchapada y varias sillas pintadas de verde con florecillas rojas amueblaban la saleta.